Identidad en el laberinto de la memoria

Pedro Tzontémoc  

La urdimbre de relaciones entre España y México comenzó a tejerse con el encuentro de estos dos mundos en 1511, cuando Gonzalo Guerrero naufraga en tierras que hoy son mexicanas. Años después moriría peleando contra los conquistadores al defender la tierra y la cultura que hizo suyas, por lo que sería conocido como el padre del mestizaje. Quizá,  el símbolo más enigmático de esa unión es la casa de Hernán Cortés en Antigua, Veracruz, porque es precisamente ahí donde la ceiba, árbol sagrado para la cultura indígena se entrelaza profundamente a la primera construcción europea en la América continental, al grado que los dos elementos dependen uno del otro para existir; como la esencia misma del mestizaje. Se gesta así un continente mestizo que iniciaría su independencia, en promedio, hace ya 200 años y que sin embargo no ha definido por completo su identidad mestiza, aún y cuando todos, en menor o mayor medida, lo somos y mi historia personal no está exenta de ese mestizaje.

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La Historia con mayúscula, la que nos involucra a todos, es una trama de coincidencias que deciden y definen la historia personal de cada individuo, es una espiral de causa y efecto, una espiral en movimiento que se transforma en su totalidad con cada uno de nuestros actos, por insignificante que parezca o por trascendente que se considere. Identificar las consecuencias de la mayoría de estos actos es imposible, pero algunos de ellos dejan vestigios con los que se le puede dar seguimiento al delgado hilo del destino.
No sé qué efectos haya tenido, tenga o tendrá en mi vida, por ejemplo, la búsqueda compartida de minúsculas conchas en una playa de Llançà y que aquellas que me fueron regaladas estén ahora, veinte años después, a diez mil kilómetros de su origen.
Pero sé de las repercusiones que tendría un documental sobre México que hace más de un siglo viera un joven soldado español, mientras cumplía con el servicio militar en Marruecos durante la guerra del Rif. Puedo suponer la fuerza de una imagen, la de Xochimilco, que proyectada en un desierto debió parecer el espejismo de un paraíso distante. El encuentro de esa imagen y ese soldado, mi abuelo paterno, resultó crucial y decidió entonces que de migrar lo haría a México. Una imagen responsable de la gestación de toda una familia en otro continente, de mi propio nacimiento para que, entre muchas otras cosas, viajara a Llançà y escribiera este texto...

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Solo y sin contacto alguno, mi abuelo llega a México en 1929 para enfrentar una nueva realidad. Sabía hacer pan, con eso y con la entereza del inmigrante le bastó para consolidar una familia y definir su destino. Otros de sus hermanos y sobrinos harían lo mismo y la familia se extendería por México, Uruguay, Venezuela, Argentina, Estados Unidos...
Inmediatamente después de finalizar la segunda guerra mundial, mi abuelo regresa con su familia mexicana a España, con el objeto de retomar su origen, pero algo en su identidad propia había sido trastocado. Fue recibido como “el americano” por su propia gente, en su propia tierra y luego de intentar el arraigo regresa a México donde moriría pocos años después sin dejar de ser “el gachupín”. En el barco, de vuelta a México, le aconsejó a su hijo de siete años, quien ya ceceaba por el tiempo vivido en España, que a partir de ese momento debía hablar como mexicano y asumirse como tal, confiriéndole suma importancia al asunto de la identidad personal. Mi padre escucharía el consejo y él me educaría a mí mismo en ese sentido.
Sin embargo en el hogar de mi padre se mantendría la morriña, como los gallegos llaman a la nostalgia. Así pues, siendo yo mexicano de origen, de contexto, de educación, mi formación también estuvo marcada por los referentes de mis raíces españolas. Mi abuelo paterno murió muchos años antes de mi nacimiento, pero su presencia fue muy importante: las anécdotas de familia, la guerra civil, los recuerdos de Galicia solían acompañar las reuniones familiares y sobre todo la leyenda del Castelo que creó un mito en mi imaginería personal, una referencia en el laberinto de mi memoria... Se fue gestando así mi necesidad imperativa de viajar, de ver, del eterno retorno a otra parte.
Pero mi identidad, mi memoria vivencial, la de la realidad inmediata, se iría construyendo a partir de otro eje: San Lorenzo Acopilco, un poblado montañoso al poniente de la Ciudad de México, por donde pasa el río en el que fuera lanzado el corazón de Copil, el mismo que fue arrastrado por las corrientes hasta el montículo sobre el cual un águila devoraría una serpiente, definiendo así el sitio exacto en que los aztecas fundarían Tenochtitlan. Ahí también fui receptor de leyendas y tradiciones locales y con el paso de los años se irían extendiendo los referentes que me definen como mexicano.
Ese es el contexto en que se iría formando mi propia identidad; entre el allá mítico y el aquí tangible, dos ejes complementarios que se fusionan en el laberinto de mi memoria. EI primero alimentaría mi necesidad de movimiento, el segundo fijaría un punto de referencia para el resto de mi vida.
Los extremos se tocan finalmente cuando en el 2009, gracias a la ley de memoria histórica, recibí la nacionalidad española sin perder la mexicana. Laberintos que se unen en espirales encontradas que determinan mi historia personal de ese otro mestizaje, más allá del genético, que me define y me transforma. La serpiente se muerde la cola y mi propio nombre, de hecho, responde esencialmente a ello: Pedro, herencia de mi abuelo español y Tzontémoc, mi segundo nombre, como contrapunto indígena a la manera de la mayoría de los pueblos mexicanos, que tienen un nombre español y un “apellido” autóctono; como San Lorenzo Acopilco.
De tal forma que soy mexicano y español, gallego por ascendencia paterna y catalán por la materna, de ahí mi filiación completa: Díaz Lloréns Pedro Tzontémoc, porque la identidad es el conjunto de rasgos propios de un individuo. Se puede decir que la identidad es una suma de identidades producto de la historia vivencial inherente a cada persona; así que soy católico por contexto, pero ateo por convicción; de izquierda, pero no dogmático y también, un tanto francés como consecuencia natural de los años vividos en Francia. Influencias diversas que no debieron afectar a mi bisabuelo quien vivió toda su vida en Galicia.
Sin embargo, en el mundo globalizado de hoy, otros factores determinan la identidad sin “salir de casa”. Poco importa si se es chino o español, parece que ahora la identidad se define al ser Canon o Nikon, Twitter o Facebook, IPhone o BlackBerry, Mac o PC...

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La fotografía se presenta una vez más como la herramienta que a manera de crisol, me permite fusionar todos los elementos en uno sólo. Es en este reconocerme en un espacio conocido (México) y conocerme en una región que prácticamente me era desconocida (Galicia), en esa búsqueda de opuestos y correspondencias, que la fotografía hace las veces de filosofía y la cámara funge como espejo en el cual se refleja y se revela mi propia imagen.
Como en todos mis trabajos anteriores, éste se desarrolló sin un guion preestablecido porque fotografiar no es sólo documentar la realidad, aquella que se presenta frente a la cámara, sino de registrar el punto de encuentro entre el exterior que se vive y el interior de quien lo vive. Es ahí donde la mirada se transforma como reflejo de la transformación personal. Es en este proceso en el que gesta otra forma de ver que responde, necesariamente, a otra forma de ser, a una nueva identidad…El resultado de esta nueva transformación es ahora visible en La identidad en el laberinto de la memoria.

Ciudad de México, octubre de 2014.