Apuntes de viaje / Medio Oriente

Pedro Tzontémoc

 

Viajar es nacer y morir a cada paso.

Víctor Hugo

Desconfiad de los sueños de juventud:

siempre acaban por realizarse.

Goethe

 

El canto de las sirenas desvió nuevamente mi camino hacia otra dirección: Medio Oriente.

Acostumbrado a no escuchar el consejo de Ulises emprendí el viaje sin cera en los oídos ni cuerda con que atarme a ningún lado.

Sin plan previo, sin siquiera haberse programado de manera consciente, este viaje fue desarrollándose al ritmo de los impulsos, del estado de ánimo, del entusiasmo y la fatiga. Paso tras paso la ruta se fue configurando en dos sentidos, ambos hacia el descubrimiento, el externo y el interno.

Una vez más, la fotografía fue tan sólo un instrumento de viaje y no el motor del mismo, es decir, la fotografía como elemento vivencial directo, como causa y efecto de un modo de vivir y entregarse a la vida, a la experiencia, al encuentro con el mundo que no es sino el encuentro con uno mismo.

La fotografía como vela que le da dirección al destino del velero en el que navego, un velero sin mástil, para evitar la tentación de atarme a él.

El resultado físico de la experiencia son unas cuantas fotografías y una cicatriz en la rodilla derecha. El resultado vivencial no es cuantificable, ése sólo puede ser medido en términos cualitativos que generalmente son descifrados años más tarde, una vez que éstos han sido sedimentados y filtrados en la memoria, una vez que la emoción del momento ha quedado atrás para dar paso a la reconfiguración de uno mismo.

Este portafolio pretende reconstruir esa ruta trazada por la intuición, que a manera de brújula me guió en la búsqueda del encuentro. Experiencias transformadoras, encuentros efímeros, apuntes de un viaje por Egipto, Jordania, Israel y Palestina, entre marzo y mayo de 1997. Apuntes que son la vida aprehendida, la ruta misma, piedritas que como Hanzel y Gretel voy dejando en un camino que constantemente se traza a sí mismo, transformándose, con la cualidad dual de ser inamovible.

 

 

Los diez mandamientos

Pedro Tzontémoc

 

Caminar, caminar, caminar, siempre hacia arriba, hacia el cielo, hacia la cima del Monte Sinaí.

El camino me atrapa, subo solo, sin detenerme hasta que los escalones que anuncian las siete puertas aparecen frente a mí.

El paisaje es alucinante, no me permite hablar: las montañas a lo lejos, el desierto a mis pies, el cielo toca mi cabeza. El cometa, bautizado como Hale-Hopp, está tan cerca que casi puedo tocarlo, su presencia domina la noche; nada, ni la luna se le impone.

Cientos de personas, cada una sola consigo misma, hace su propio recorrido; sin prisa pero sin pausa. Así, avanzo hacia el único encuentro posible, en este sendero infinitamente anda-do. Pasos que siguen a pasos que se pierden en los tiempos hasta encontrarse con aquellos que, alguna vez, caminara el profeta Moisés.

Duermo a la intemperie, arrullado por cantos religiosos; el viento frío juega con la montaña y canta en la distancia.

Al amanecer el sol calienta el paisaje y el horizonte se revela en mis ojos.

Encuentro conmigo mismo en la inmensidad que me rodea. Se es parte del todo simplemente; cada partícula, por insignificante que parezca, cada ser por minúsculo que éste sea, es parte esencial de la composición del universo. Todo es uno.

Recibo entonces otros diez mandamientos; mis diez mandamientos.

> Amarás a dios igual que a todas las cosas porque el todo es uno

> Vivirás el presente, el aquí y el ahora; el futuro y el pasado dependen de él

> Serás congruente con tus actos y pensamientos

> No mentirás

> No harás juicios

> Harás el amor

> Evitarás las tentaciones culminándolas

> No te arrepentirás

> Serás fiel a tus impulsos escuchando a tu corazón    

> Serás libre

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