El silencio de la tensión

Louis Panabière

 

Mais rendre la lumiere

suppose d'ombre une morne moitie.

Paul Valery.

 

                        En las artes llamadas "plásticas" (tal vez más particularmente en la fotografía), o sea las que tratan de captar un momento para robarlo al tiempo y fijarlo en una como eternidad de la forma, suele haber dos modalidades esenciales. Por una parte, hay los artistas que suelen asir el instante en su plenitud, en un absoluto de perfección. Baudelaire ha definido muy bien este aspecto del arte: "Aquí todo es orden, hermosura/lujo, calma, volupotuosidad". Por otra parte, existen artistas cuyo fin es ser testigo de un momento, de un acontecimiento, tratar de ofrecer la "instantaneidad" de una acción en un momento dado, acción que se inscribe en el tiempo como la flecha de Zenón el eleata.

                        Las fotografías de Pedro Tzontémoc me parecen enseñar otro rumbo, de gran originalidad. Pedro Tzontémoc es el fotógrafo de la tensión, de lo implícito revelado en la imagen, de la forma que encubre otra dimensión de realidad. La inmovilidad de sus fotografías no es sólo el espacio captado o el momento testigo. Yo diría que son las dos cosas a la vez, pero sobre todo que son el punto de equilibrio de una tensión; son la vida de la muerte. La inmovilidad de los personajes, de los paisajes y de los cielos es una inmovilidad "tensa", porque sentimos detrás de ella la fuerza, el impulso de vivir. El tiempo y el espacio de estas fotos se sitúa más en la física de los Quantas que en la física clásica.

                        Y es que Pedro Tzontémoc nunca hizo, que yo sepa, fotografía de salón, relamida y en busca de absoluta estética. Siempre busco los lugares más agitados, los tiempos más intensos como en El Salvador o en América Central, o bien en las grandes ciudades en sus puntos más "candentes", en los que la tragedia impregna el espacio. No se siente en sus fotos el aderezo previo, la preparación minuciosa. Aprisionar en una imagen la vida en su realidad más evidente y sobre todo no dejar escapar la intensidad de un momento, no dejarla diluirse en el rigor de la forma, eso hacen las fotografías de Pedro.

                        Y claro, esta intención, este camino del arte de la fotografía no podía funcionar mejor que en la serie que hizo Pedro Tzontémoc en la Tarahumara. Su viaje allí entonces se empareja con el de Artaud. Artaud en efecto no buscaba otra cosa en el teatro; la revelación de un ademán o en un grito de todo lo que hay detrás, fuerza, experiencia, espesor de una vida en su totalidad. Artaud fue a la Tarahumara, entre otras cosas, porque quería encontrar el revés del universo esmerado, superficial, "civilizado" de nuestro mundo occidental, reencontrar las fuerzas vivas.

                        En las fotografías que Pedro Tzontémoc ha realizado en la Tarahumara notamos una realidad muy diferente aparentemente de las fotos precedentes del artista. Aquí no hay el ruido y el furor de las guerrillas salvadoreñas, no hay niños heridos, no hay peleas de pandillas... pero detrás del hieratismo de la tierra, de las gentes, de los cielos, hay todavía más violencia contenida, tal vez para el que la quiera ver.

                        Asistimos a un encuentro, y las fotografías, en la tensión de su silencio, nos dicen mucho más de lo que podrían decir discursos y demostraciones. Detrás de la noble inmovilidad de los seres y de los paisajes sentimos el hervir de una vida, sea en la ira, sea en el amor, sea en la alegría, pero siempre con la fuerte expresión de un sentimiento.

                        En los retratos de personajes, sobre todo en los que menos saben o quieren encubrir sus impulsos, los que tienen la máscara menos curtida, surge la fuerza de un pensamiento, de un vivir, de la majestad y la dignidad de lo indomable.

                        Las montañas, los cerros, los árboles se imponen también como una majestuosa presencia, como un reto a quien quisiera dominarlos, civilizarlos.

                        Los cielos, cielos mexicanos de nubes vivas, fuertes y movedizas, cielos que tanto habían seducido a Edward Weston, enseñan aquí, en los claroscuros luminosos de sus volúmenes, las sombrías amenazas y las más gozosas iluminaciones.

                        Esas fotos en el silencio de su tensión, son fuertes, tensas, potentes y conmovedoras, porque tienen la energía vital contenida de los indios, de la tierra, de los cielos de la Tarahumara, de Artaud y de Pedro Tzontémoc.

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